Isabel
Ruge el mar
con toda la furia contenida de su braveza, los barcos se mecen cual marionetas
impulsadas por el viento, relucen por doquier el reventar incesante de las olas
convirtiendo la zona de pesca en un vómito inmenso de espuma desbocada de rabia
cruenta y oprobiosa de las aguas embravecidas. Vomita el mar la bilis de su
enojo, la muerte danza macabramente aquel espacio presagiando desgracia de
sangre, dolor y lágrimas. Vomitan los hombres y su vómito arrojan al mar como queriendo ofertarle parte
de su ser o desafiándole talvez a una lucha incansable entre hombres y
naturaleza.
Los barcos se movilizan buscando el cardumen, los
patrones empiezan a comunicarse a través
de la radio, se fijan coordenadas
geográficas que señalan puntos determinados de pesca.
Mal tiempo dicen los patrones, mal
tiempo responden los tripulantes, mal tiempo parecen gritar los pájaros
nocturnos que en bandadas vuelan por encima de las lanchas piando y graznando
de hambre, mal tiempo barruntan los lobos marinos, mal tiempo responden los
delfines saltando en el mar; pero esta vez no lo caracteriza su salto
cadencioso y marcial sino más bien es un salto de miedo, de temor, como si
huyeran de una inevitable desgracia.
Una lancha a lanzado sus redes,
luego otra más. Así sucesivamente los barcos y los hombres dejan sus redes,
esperanzas e ilusiones en el mar.
Porfirio, un joven patrón, que no se
amilana ante mares embravecidos, a dicho que en aguas movidas y con fuertes vientos, es un
especialista o como solía decir con sus propias expresiones “Es un tigre
pescando”. Se aleja un poco del grupo de lanchas, se dirige hacia el sur-oeste
y en su andar malicioso se encuentra con un banco inmenso de peces, le da
vueltas a su embarcación para descubrir el rumbo con el cual navega el cardumen, realiza un estudio somero de su trabajó, no podía
fallar esa oportunidad que le brindaba la incertidumbre de su suerte, cuando
piensa que todo esta descubierto da la voz preventiva de ¡listos!;¡listos! Repite el segundo patrón indicando que se aproxima
el momento de trabajar.
Abajo en los camarotes los
tripulantes se preparan alborotados y confusos para una faena que promete desde
el primar instante ser riesgosa y difícil.
El mar esta movido –CARAJO- comentan
los pescadores. Así no se puede trabajar –dice- Antonio observando el vaivén
titánico de las olas que se encrespan como una infinita fiera salvaje dispuesta
a devorar.
Mientras tanto el patrón sigue
moviendo la embarcación alrededor del banco de peces midiendo y calculando cada
metro, cada centímetro de su movimiento, de pronto da la voz de alarma.
¡ Arreaaa!.
El segundo patrón desde un extremo
de la cabina de mando repite el grito con una voz más enérgica aun.
¡Arreaaaaa!.
El molero no duda un instante, da un
fuerte y certero golpe a la mola y la
panga sale disparada a causa del efecto de dos fuerzas convergentes entre su
peso y la marcha acelerada de la nave. El boliche va quedando en el agua
formando un círculo de trescientos sesenta grados; todo sale bien, el barco
camina comandado por el patrón con paso firme y seguro busca su punto de
partida y se encuentra con la panga.
Una vez encontrada lancha y panga el
ayudante del panguero lanza los cabos los cuales son conducidos por los
tripulantes al winche, así empieza la engaretada que consiste en recoger todo el cable que sirve
de canal por el cual se deslizan las anillas, las cuales van amarradas a las
patas, que a su vez van incrustadas en la emplomadura o en el antifango de la red, que atraído por la fuerza desmesurada de
la máquina forma una bolsa de gran magnitud en la cual queda encerrada la
pesca.
Todo sale a pedir de boca, la engaretada ha terminado continuando con la faena se empieza
a recoger el boliche, conduciendo uno de sus extremos al macaco,
él mismo que al dar vueltas gracias a la fuerza hidráulica de sus motores atrae
la red nuevamente a la embarcación.
Esta vez los tripulantes trabajan
silenciosos, presintiendo quizás alguna desgracia; de rato en rato, uno que
otro pescador comenta.
- No hay nada, ¡Esta cala es un
pajazo!
Tres cuartos de boliche ha subido a
la embarcación, empieza a notarse algunas muestras de jurel, caballa y sardina
que en su loco laberinto se quedaron incrustados en las redes. El patrón desde
el puente grita.
- Ahí
está la pesca carajo! , ¡Vamos, muchachos, vamos!
La fuerza hidráulica del macaco empieza a sentir el peso descontrolado de la masa de
peces que luchan por liberarse de su prisión. En el agua sólo queda una pequeña
parte del boliche, contrembase y cabecero, el macaco se ha paralizado definitivamente; el capitán
nuevamente arenga su gente.
- Loco, mete linga
carajo, vamos
muchachos, hay que tener un poco de sentido común.
Los tripulantes impulsados por la
voz del patrón se lanzan cual fieras salvajes a realizar su trabajo, dejando en
cada acto su máximo y último esfuerzo. Ya el boliche está todo en la
embarcación, en el agua sólo queda la parte del cabecero que contiene la pesca.
Tirita la lancha, crujiendo
espantosamente y en sus crujidos lleva el eco penetrante de los quejidos
nostálgicos de la muerte. En cada balance
el agua sube a bordo arrastrando con ella la voluntad bizarra de los
tripulantes que observan y actúan en el callejón sin salida de esta
contienda de fuerzas gigantescas entre el movimiento del agua unida al peso del
cardumen y la fuerza de la embarcación.
El moñero seca la bolsa en medio de gritos de guerra de
valor y entrega voluntariosa de su actuar, han subido tres o cuatro moñadas, la bolsa casi esta
seca, botan el absorvente y empiezan a
succionar la pesca, todo alienta, parece que la naturaleza juega con el hombre
como dándole un poco de tregua, para luego atacar con mas furia. Unos cuantos
cardúmenes son absorbidos pero aún falta
una moñada más.
La embarcación se inclina más hacia estribor,
ya no regresa, ni siquiera se mueve, rechina el winche,
ya no puede más. El patrón se desespera se pone nervioso, resondra a la gente,
los desespera a todos a fuerza de gritos; ya que ningún patrón tiene los ánimos
templados para sentirse sereno en un percance de esta naturaleza. Los patrones
no han tenido nunca preparación psicológica, las pruebas de pre-ascenso
son una ironía, una perfecta jugada mercantil, que se utilizan para cumplir un
formulismo de legalidad.
Antonio, está pegado en el moño por
la borda de la lancha, la cual está completamente inclinada, cediendo poco a
poco a la fuerza incontenible del cardumen que
presintiendo la muerte tira cabeza hacia el fondo del mar; es una guerra de
muerte, un duelo cruel y asesino entre peces que se desesperan por la falta de
espacio y oxígeno y el hombre que los quiere atrapar.
El patrón es el primer y último
hombre de una embarcación, en él, está depositando toda la confianza de la
tripulación y no sólo de ella sino también de las mujeres y niños que esperan
en casa, cada día, cada noche el retorno de los seres amados. Esta vez el
patrón, que se encuentra en un punto visible ha flaqueado al ver que la
embarcación ya no soporta más, se tira al agua abandonando a la gente a su
suerte.
Los pescadores buscan el consejo del primer hombre, miran desesperados a la zona de mando, no ven a nadie, porque hace algunos minutos que el “comandante” huyó en retirada, poniendo en práctica la frase de siempre “los héroes ya murieron”, frase cobarde, vil y traicionera que busca salvar el pellejo a expensa del amigo. Los tripulantes al no ver a su director se desesperan y asustados por el instinto desordenado de salvación, abandonan sus puestos dejando abiertas las ventanas de su valor por donde penetra imponente la desesperación y el pánico así algunos se tiran al agua y otros se atacan de nervios.
El winchero,
un hombre de estatura pequeña, de raza indígena, ve a su compañero trepado en
el moño, le grita con todas sus fuerzas
-¡ Salta
Antonio ¡ ¡salta hermano, carajo! , el moñero no lo escucha, no puede ver nada, porque está entre
el agua que lo atrapa y la red que no lo deja escapar. El winchero
piensa que en sus manos esta la vida de Antonio, por lo tanto no puede
arrearlo, no puedo abandonarlo, porque el indio a través de todos los tiempos
de la historia pasada, presente y futura a sido, es y será siempre, un hombre
leal un compañero capaz de ofrecer su conciencia y corazón a favor del prójimo
que se encuentra en dificultades. Un rayo de luz ilumina su pensamiento, no se
desespera, hace firme el simple en el winche, así le da
tiempo al compañero que se salve. Antonio aprovecha y como sea se desprende del
moño y salta buscando dentro de si la valentía que aun le queda.
La embarcación se a dado media vuelta,
todos los tripulantes se han tirado al agua, todos menos tres, dos de ellos
estaban pegados en la borda de babor que aun quedaba en la superficie, no
sabían nadar pero estaban serenos danzando la música estrepitosa de la muerte que los acecha .,
El otro tripulante, no hacía mucho
tiempo que había salido a pescar, era de
estatura mediana y de pelo rizado, de rostro risueño y de hablar jocoso
denotando en ello su peculiar dejo
andino; lo llamaban Paramonga, porque él había dicho
que era del ingenio azucarero de ese lugar, claro que su tierra natal era un
pueblito que se encontraba ubicado en la profundidad de los andes; pero como
los chimbotanos
de pata salada, los vivos, los que tienen calle y floro, lo molestaban
cada día’, recordó entonces haber llegado alguna vez a Paramonga
y lo escogió como lugar de origen.
Paramonga,
se quedó en la lancha abrazado a uno de los templadores, puesto su ropa de
agua, observó la monstruosidad del mar que lo atraía poco a poco, sin prisa,
con la confianza depositada en la fuerza invencible de sus olas, Paramonga sentía que le faltaba el oxigeno, una lágrima se
le escapa rauda de sus pupilas que se mezcla con la salinidad del agua marina,
y en ese batallar confuso quedó resignado pereciendo en el fondo del mar.
Los de más tripulantes nadaban hacia
los flotadores del boliche, muchos se salvaron abrazados de los corchos, otros
fueron rescatados por la panga y otros se dirigieron a otra embarcación
continua al siniestro.
José Patriarca, el loco, loco era en
el éxtasis de su existencia, loco era en
el frenesí del vivir diario, loco era en el amor, loco era en la bohemia,
después de todo loca es la vida que se apodera de los seres, llega
subrepticiamente a cualquier hora, en la madrugada, al amanecer, en pleno día o
al anochecer, nadie le llama; pero nadie le desprecia, se apodera de quien
quiere y funda su morada, pero no se queda para siempre, nos acostumbra hasta
quererla tanto, nos mima, nos acaricia y nos abandona, nadie puede detenerla;
ni el indigente ni el millonario; ni el débil, ni el poderoso, ¡Que loca y que
justa es la vida de mierda!, para venir e irse cuando le place.
José
patriarca era loco y en su locura llevaba impreso la vitalidad de un
hombre fuerte que a su fuerza de nado buscaba a la embarcación mas cercana. Su
mirada alcanzaba a ver las luces, sólo faltaba unos cuantos metros. Un
tripulante de esta embarcación lo divisa entre las olas, llama a sus compañeros
y entre todos le gritan.
-¡Vamos muchacho, nada carajo! ¡No te dejes vencer!, ¡Brasea, compañero, bracea!
El loco está exhausto, la vida y la
muerte se pelean en su inconciencia, la una de impulsa a seguir luchando la
otra le desanima y le invita
cariñosamente a pasar a sus dominios. Un tripulante de la embarcación se arroja
al agua para salvar al compañero que ya no puede más; lucha en medio de las
olas, ya falta poquito, tan solo un metro, por fin lo tiene.
-tranquilo
compañero, estas a salvo-logra decirle, lo amarra por la cintura con la punta
de un cabo cuyo otro extremo lo tienen los de más tripulantes en la
embarcación, así lo van cobrando, ya está subiendo a la lancha y se abandona al
cansancio, sabe que lo están salvando, el cuerpo ya no le obedece; el cabo que
no esta bien asido, se resbala del cuerpo lizo del náufrago quien cae sin
fuerzas nuevamente al agua y se profundiza. Abajo en el océano, el loco ve las
estrellas que se reflejan en el agua, no tiene frió el calor de la vida que se
agota es más fuerte que la frialdad del
mar, siente nostalgia, recuerda a sus hijos, a su mujer, a sus hermanos y los
ve a todos reunidos en el esfuerzo cotidiano de una vida que se le escapa
lentamente, desde la superficie le llegan algunos gritos que discurren veloces
entre la masa de agua se siente agotado, la densidad del agua le impide profundizarse
más, estira sus miembros y allí contemplando el aurora que señalaba el
nacimiento del nuevo día expira junto a la noche que también muere vencida por
el sol que ufano nace en el horizonte.
Arriba en la superficie los de más
compañeros, salvos ya en la panga, alcanzan a ver algunas burbujas despedidas
por el último soplo de vida del compañero ausente.
El día a llegado plenamente, y la
luz solar con la vorágine de su potencia, abriga lentamente las tristezas de
los hombres que no dejan de observar el océano como reclamando la devolución de
los compañeros que se fueron; en la atmósfera las aves marinas danzan su vuelo
cadencioso y místico, coreografiando materialmente la subjetividad de las
penas; una lancha se acerca da vuelta y se escucha.
- ¡ARREA MIERDA………..!
TAURIJA
Oh taurija de glaucos paisajes
tierra fértil de ensueño y amor,
escogiste
de base el calvario
y al tutupaja tu escolta en acción.
Hoy tus
barrios transitan seguros
con la fe
refulgente de luz,
que
destella en el cielo infinito
San Antonio
bendito patrón.
Heredera de
raza indomable
de los
incas: hijos del sol,
que
inculcan la norma sagrada
de
trabajo, esfuerzo y vigor
Jorge
Chávez peruano ilustre
en tu
colegio su nombre asiló,
hoy tus
niños siguen el ejemplo
del
paradigma que el Perú nos legó.
El efluvio que
mana tu vientre
es
antorcha encendida de luz,
que
refulge en la vida del hombre
y nos
inyecta siempre el coraje.
Las madres
que en tu seno forjaste
retribuyen con
creces tu cariño, y te
ofrendan, con amor
al niño.